ENLACES ORIENTACIÓN INFANTIL Y PRIMARIA
Escrito por Miguel Ángel Robledo Ortega, lunes 9 de febrero de 2009 , 13:42 hs , en ORIENTACIÓN

Aquí iremos poniendo diferentes links a webs útiles para el desarrollo orientativo en nuestro centro:

 

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  • Cocinas el lunes 22 de junio de 2020, 07:40 hs

    Como fabricantes de muebles de Cocinas en Sevilla promovemos y alentamos cualquier actividad o inciativa educativa de interés, especialmente aquellas que tienen que ver con el arte, el diseño y la cultura. Somos especialistas en Muebles de Cocina en España e inspiramos nuestros diseños en cocinas del fututo cada vez más funcionales y organizadas. Cocinas Sevilla Lubay es un referente en el sector del mueble y en la fabricación y venta de cocinas integrales.

  • Abigail Lopez el lunes 4 de agosto de 2025, 15:49 hs

    Cuando la tierra cruje y Rusia tiembla: Kamchatka y el seísmo que la devuelve al podio de los grandes

    Cuando la tierra cruje y Rusia tiembla: Kamchatka y el seísmo que la devuelve al podio de los grandes.

     

    Un terremoto de 8,8 en la península rusa se cuela entre los más potentes jamás registrados

    Prepárense, porque esto no es una sacudida cualquiera ni el lamento de algún científico aburrido. No, señores. Esto es un puñetazo seco sobre la mesa del planeta. Una advertencia brutal. La tierra ha hablado —como suele hacerlo— sin pedir permiso ni medir consecuencias. Y lo ha hecho en una de las esquinas más olvidadas, más remotas y más fieramente salvajes del mapa: la península de Kamchatka, allá en el confín oriental de Rusia, donde los volcanes duermen con un ojo abierto y el suelo guarda secretos que, de cuando en cuando, estallan.

    Porque sí: el seísmo de 8,8 grados que ha tenido lugar esta misma semana no es solo una sacudida más. Es, con todos los honores, el sexto terremoto más fuerte de la historia moderna. Y ojo, que esa no es una lista que se actualice con frecuencia. Para colarse ahí hay que hacer temblar no solo edificios, sino también certezas.

    Kamchatka, donde la tierra ruge con dignidad soviética

    Kamchatka no es precisamente Benidorm. Es una región inhóspita, volcánica, orgullosa. Un lugar donde el invierno se pasa a bofetadas y la primavera apenas dura una semana. Pero su verdadera identidad está bajo tierra: una confluencia de placas tectónicas, una trampa de presión y fuego, un punto caliente que el planeta conserva como advertencia.

    El seísmo de estos días iguala casi al mítico terremoto de 1952, que también golpeó la misma península y alcanzó una magnitud de 9,0. Aquel fue, durante décadas, un referente absoluto del poder geológico. Hoy, su hermano menor se le coloca justo detrás en la lista, como si la tierra hubiese querido rendirse homenaje a sí misma.

    Y mientras los sismógrafos del mundo chirrían y los noticieros se frotan las manos con gráficos de colores, la gente de a pie —la que vive, respira y duerme sobre ese suelo que ahora ha estallado— se pregunta qué demonios puede hacer para estar preparada.

    Ahí es donde entra una reacción que ya se deja ver: la venta de extintores ha empezado a dispararse, especialmente en zonas de riesgo sísmico. ¿Qué tiene que ver un extintor con un terremoto?, dirá alguno con sorna. Pues mucho, caballero. Porque tras cada sacudida vienen los fuegos: cables rotos, fugas de gas, cortocircuitos, explosiones domésticas. Un buen extintor no detiene un temblor, pero puede salvar su casa cuando las llamas quieran rematar lo que la tierra comenzó.

    La memoria del suelo y el miedo que no se va

    Decía un viejo geólogo, de esos con voz grave y pipa perpetua, que “la tierra no olvida; solo espera”. Y vaya si lo ha demostrado. Kamchatka ha vuelto a rugir con la misma fuerza con la que lo hizo hace setenta años. Como si cada generación necesitara su propio recordatorio de lo poco que pintamos en este tablero geológico.

    Y en este escenario, lleno de incertidumbre y crujidos profundos, lo lógico es que la prevención se instale en el pensamiento cotidiano. Que la alarma no sea un susto momentáneo, sino una cultura. Y ahí, nuevamente, entramos nosotros, los que vivimos en ciudades, los que trabajamos en oficinas, los que tenemos niños en casa o padres mayores.

    Porque cuando el miedo golpea, comprar extintores no es una excentricidad, sino un acto de responsabilidad. Un compromiso con la propia seguridad y la de los que tenemos cerca. Como quien guarda una manta gruesa para el invierno o un botiquín en el coche. No para usarlo todos los días, sino para no arrepentirse si llega el momento.

    Tecnología, normativa y sensatez

    Más allá del hogar, las normativas de seguridad juegan su papel. Y aquí hay que hablar, aunque suene técnico, de algo clave: las bies pueden ser de dos tipos. Las de manguera semirrígida y las de manguera flexible. Ambas se colocan estratégicamente en edificios, centros públicos, industrias… y son esenciales en caso de incendios que pueden derivar de un temblor como el que ha sacudido Kamchatka.

    Son esos detalles, aparentemente menores, los que marcan la diferencia entre un incidente controlado y una catástrofe de titulares. Pero claro, eso no se enseña en la tele. Hay que leer la letra pequeña, revisar instalaciones, formar al personal y entender que no hay improvisación que valga cuando el suelo decide moverse.

    La lista negra de la Tierra

    Con este último episodio, el planeta Tierra suma otro punto en su lista negra de terremotos devastadores. Japón, Chile, Sumatra… y ahora Rusia vuelve a figurar con letras mayúsculas. Y lo hace con un seísmo que ha estremecido no solo a Kamchatka, sino a toda la comunidad científica y de protección civil internacional.

    Y, sin embargo, lo más inquietante no es que haya ocurrido. Lo más inquietante es que puede volver a pasar. Que la placa no ha terminado de ajustarse. Que el silencio sísmico que suele preceder a los grandes eventos, esta vez, ha sido corto. Y que, posiblemente, estamos apenas viendo el tráiler de una película más larga.

    Escuchar a la Tierra y no mirar para otro lado

    Así que aquí estamos: con un seísmo de 8,8, el sexto más potente registrado en la historia, y con la misma sensación de fragilidad con la que uno se queda tras una sacudida de esas que tiran los cuadros, levantan el polvo del suelo y hacen sonar las alarmas.

    Kamchatka ha hablado. Y lo ha hecho con fuerza, con memoria, con advertencia. No lo tomemos como un susto más para el informativo. Es el recordatorio de que, aunque vivamos convencidos de que lo controlamos todo, hay fuerzas que escapan a nuestras manos. Y que prepararse para ellas no es paranoia. Es inteligencia.



  • Lesla G. el martes 5 de agosto de 2025, 22:36 hs

    Así hay que ir vestido a una ganadería brava: ni disfrazados ni de domingueros

    Así hay que ir vestido a una ganadería brava: ni disfrazados ni de domingueros.

     

    La elegancia del campo bravo no admite disfraces ni imposturas: lo que hay que saber antes de visitar una ganadería de toros

    Hay cosas que no se aprenden en la escuela, ni en las redes sociales, ni en las guías de moda hechas por influencers de chaqueta estrecha y opinión ancha. Hay códigos que vienen del terruño, del sol de mediodía en el albero, del polvo que levanta el caballo y del silencio solemne que se impone cuando el toro aparece en la dehesa. Visitar una ganadería de toros bravos no es una excursión cualquiera. No es una salida al campo ni una fiesta folclórica, es un rito. Y los ritos, señores, se respetan.

    No se trata de vestirse como en una boda en Jerez ni de sacar el traje de luces del armario del abuelo. Tampoco vale ir de romería ni con el disfraz de cazador de postureo. Aquí lo que manda es el campo, su nobleza, su rudeza y su verdad. Y quien va a una ganadería lo hace como quien pisa tierra sagrada: con respeto, con educación y, por supuesto, con elegancia sobria, que es la única que de verdad importa en estos asuntos.

    ¿Qué se espera de quien acude a una visita a una ganadería de toros bravos?

    Primero, sentido común. No es poca cosa. Estamos hablando de entornos rurales, caminos de tierra, vacas bravas y toros que no entienden de TikTok. Se camina, se pisa barro, se monta en remolques y se siente el sol en la nuca. ¿Camisa blanca impoluta y mocasines urbanos? Error. ¿Chanclas y short de playa? Pecado capital.

    El atuendo perfecto tiene más que ver con la sobriedad campera que con el boato sevillano. Pantalón largo resistente, camisa de manga larga —si es posible de lino o algodón— y una chaqueta ligera o chaleco para proteger del viento. Y en los pies, nada de experimentos: botas camperas o calzado cerrado con suela sólida. Nada de florituras.

    Aquí es donde uno demuestra que entiende la esencia del campo, que respeta al toro, al mayoral, al vaquero y al ganadero. Porque la liturgia del toro bravo empieza en su origen, en esas visitas a ganaderias toros donde todo tiene su lenguaje, su forma y su tiempo.

    La importancia del saber estar en el campo bravo

    No basta con vestirse bien, hay que saber estarse bien. Uno no se planta en la finca con aires de turista despistado. Hay que mirar, observar, callar cuando hay que callar, y hablar cuando el mayoral lo permite. El toro bravo no es un animal cualquiera: es un símbolo, una presencia. Y las visitas ganaderias toros bravos no son espectáculos, sino encuentros con una cultura que lleva siglos latiendo en las dehesas españolas.

    El que se presenta con humildad y discreción, con ropa adecuada y actitud respetuosa, se gana el respeto de quienes allí trabajan. El que va con exceso de perfume, camisa desabrochada hasta el ombligo y gafas de sol de diseñador, lo pierde antes de que su pie toque el primer terrón de tierra.

    ¿Y qué hay de las mujeres? Elegancia sin estridencias

    Señoras, en el campo se pisa fuerte y se camina mucho. Nada de tacones, ni de vestidos vaporosos que se enredan entre las jaras. El pantalón es una opción sabia, aunque también una falda larga con botas puede encajar si se lleva con soltura. El sombrero de ala ancha es un clásico que, bien llevado, protege del sol y suma estilo sin caer en la teatralidad. Lo importante es que todo sea funcional y sobrio, sin perder ese toque personal que siempre distingue a quien sabe vestir.

    La clave está en el equilibrio

    Hay que parecer del campo sin parecer disfrazado. Hay que ir cómodo sin parecer dejado. Hay que saber como vestir para ir a los toros en sevilla, pero adaptando ese conocimiento al terreno rural, al polvo, a la dehesa. Porque en la plaza puede haber cierto margen para la coquetería, pero en el campo manda la autenticidad.

    En la ganadería se visten los hombres de campo y los hombres de ciudad que entienden el campo. Y esos, créanme, se distinguen de lejos.

    El sombrero, esa pieza que dice más que mil palabras

    El sombrero es símbolo, escudo y declaración de principios. De ala ancha, de fieltro o de paja según el clima, el sombrero bien elegido proyecta respeto y personalidad. Pero cuidado: mal llevado, puede parecer disfraz. Hay que saberse poner el sombrero como quien se pone la historia encima. Sin estridencias.

    No todos están obligados a llevarlo, pero quien lo hace bien, lo hace con discreción. Es mejor no llevar nada que llevar algo ridículo.

    Lo que no se debe hacer nunca

    Hay cosas que no se perdonan, ni en la plaza ni en la finca: ir con ropa deportiva de gimnasio, con camisetas de marcas fosforitas, con bermudas, con zapatillas de suela blanca o con gafas de sol de espejo azul eléctrico. Eso no es ser moderno, es ser ignorante.

    Y peor aún: quienes creen que porque están en el campo pueden ir como les da la gana. No. El toro merece respeto. Y el campo también. Y quien no lo entiende, que se quede en casa viendo documentales.

    Visitar una ganadería: una experiencia única para el alma taurina

    Las visitas a ganaderías toros no son solo una actividad turística: son una inmersión cultural, un acto de aprendizaje, una ceremonia. Es ver al toro en su entorno, entender su bravura, su nobleza, su vida diaria. Es asistir a una lección de verdad en un mundo cada vez más ficticio.

    Y ahí, en ese ambiente, quien va bien vestido —con dignidad, con sobriedad, con respeto— encaja como si siempre hubiera pertenecido a ese paisaje. Porque el campo bravo, cuando te acepta, te lo dice sin palabras.

    La elegancia está en el respeto

    Al final, todo se resume en esto: vestirse bien para ir a una ganadería no es cuestión de moda, es cuestión de respeto. A la tradición, al toro, al campo y a uno mismo. Y quien lo entiende, lo demuestra sin necesidad de estridencias, sin disfraces, sin falsas poses.

    En la dehesa, el silencio del toro impone más que mil discursos. Y la elegancia sobria de quien sabe estar, brilla más que cualquier brillo artificial.



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